Abandonado

Hoy miro mi cuerpo desnudo en el espejo y no me reconozco. Lolita ya no está ni sus labios rojos lucifer dejan marcas en estas sábanas blancas y secas. Es tan absurdo. Más de 30… Wendy envejece con un dedal clavado en el pecho. No queda carne en las caderas de tanto vomitar manzanas que no envenenan. Lo único que baila en esta casa tan triste son los corsés sobre mi pecho desgastado.


Abandonado.

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Sobre mi espalda

No pienso tatuarme tus besos fríos sobre mi espalda. Ha llegado el invierno. Es un domingo por la tarde del mes de enero y ya es de noche. Sobre la mesa no hay nada más que un cenicero con colillas y el rastro de tu ausencia. Ni la perra ladra. Ni las luces parpadean. Ni nada. Siento elevarse mi pecho. Todavía respiro. Respirar, sólo eso. Me pregunto cuándo dejé que se me escapara la vida. Por hacer algo. Me importa una mierda la respuesta. Debería leer o anestesiarme, pero me quedo en la nada. No sé si esto es autodestrucción o ansia de amor si es que ambas cosas no son la misma. Da igual. No pienso tatuarme tus besos fríos sobre mi espalda.

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Despierta, joder, despierta

Hay cemento en la muerte,
y música,
alas para creer en el malnacido dios
que te murió. De repente.

Hay gritos,
y flores,
una sanguijuela en el estómago
para no llorar o hacerlo más fuerte.

Hay agua,
olas en el estómago,
un embudo de mármol en el diafragma.
Y me ahogo.

Estoy desnuda en el cementerio.

Despierta, joder, despierta.

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Tengo frío

No sé si lloro para no morirme de pena o para que la soledad no me mate. Si lloro por inercia o porque eso es lo que se hace aquí. En medio de la paz de tus huesos que gritan, tan aterrados como yo. Si lloro para calentar estos ojos que no volverán a verte. Todo es irreal, excepto que no estás. Y que tus huesos chirrían en mis oídos hasta hacerme daño.

Soy demasiado joven para escribir esquelas, para husmear debajo de las tumbas que me congelan las manos. Y estoy muerta, pero tengo frío.

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Los hijos que no tendremos

Ellos, los otros, tan distantes, tan inalcanzables, tan traje y corbata, tan sobreactuados. Son ellos los que nos manejan, los que nos azotan, los que nos violan, a cambio de un trozo de pan y un pozo de agua potable. Son ellos, los otros, los que no leyeron a Víctor Hugo ni saben de qué va eso de la poesía. Su dios es extraño. El nuestro, Tyler Durden. Son ellos, tan cariñosos en sus jaulas, tan despiadados. Son leones. Los otros, los que nos torturan, nos suicidan, nos ahogan. Tan macabros. Y, nosotros, tan masoquistas. Un par de ceros a fin de mes, con suerte tres. Juventudes vendidas al diablo, tiradas al retrete, esparcidas por suelos de moqueta que envenenan sueños. Son ellos, los otros, tan raros, son ellos los que han matado los hijos que no tendremos.

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Nunca una posibilidad

Podría adornar tus recuerdos, ordenarlos por colores o por orden alfabético como los libros que me enseñaron todo lo que no sé. Como una manera de defenderme de mí misma, torturándome. Para que duela y estar viva.

En la cama mojada se diluyeron todos esos versos terribles que ya no iba a necesitar. Y ahora, ni siquiera eso, ni siquiera poesía. Ni siquiera vida. Ni siquiera nada. Para siempre resultó ser otra mentira y nunca una posibilidad.

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Y tenía tus ojos

Es como si me hubiera quedado sin nada. Nada que decir, nada que escribir, nada que sentir, nada en el estómago, nada encima de las costillas ni alrededor de las muñecas.

Nada.

Vacío.

Ni siquiera muerte, que vino tan pronto y tenía tus ojos.

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