Hasta que el viento nos separe

yo mí me conmigo

Vivo a su alrededor, vivo por ellas, de ellas y para ellas. En ocasiones me juegan una mala pasada. Tramposas. En otras me pierdo entre sus formas, redondas, lineales, como si fueran un laberinto del que es imposible escapar. Titubeo. Mi favorita está en desuso. Si dijera eres un pusilánime, cobarde pensaría que soy una pedante. No tienen dueño. Cuando las vocalizo intento secuestrarlas, pero, en realidad, sólo son mi propiedad cuando las escucho. Soy su esclava. Son mágicas. Por ejemplo, cuando leo, oigo o digo victoria, no pienso en batallas ni guerras, sino en una princesa de las buenas, esas que no llevan corona. Me gusta cómo, poniéndolas en fila, una detrás de otra, son capaces de crear sentimientos, con sólo un movimiento de muñeca. Su inmensidad me abruma. Nunca llegaré a conocerlas a todas, por mucho que las busque en otros labios, en otros folios, en un millón de libros. Siempre quedará alguna agazapada esperando que alguien la encuentre y la redescubra cuando, por fin, se atreva a pronunciarla. Resucitada. Viva. Antes de que se la lleve el viento.

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